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Edipo Rey. La dimensión humana

Pentación ha tenido la buena idea de recuperar algunos títulos del 26: Coriolano, El Eunuco, Edipo ReyPluto, Los gemelos, y traerlos a Madrid en los Teatros Bellas Artes y La Latina. Un pequeño Festival de Mérida en Madrid. Da la sensación de que este año ha sido de prueba, dada la brevedad de los días, a excepción de El Eunuco. Esperemos que se repita para el próximo año.

Por cuestión de fechas sólo he podido asistir a Edipo Rey de Sófocles, una producción del Teatro del Noctámbulo, que viene avalado con unas espléndidas credenciales, ya que ha sido el espectáculo que más espectadores ha reunido en Mérida: sobrepasaron los 10.000. No le fue a la zaga en Madrid, pues en sus dos únicas funciones de fin de semana – 21 y 22 de marzo – en el Teatro Bellas Artes, tuvo el aforo prácticamente completo. Y si en Mérida se oyeron fervorosos los aplausos, a juzgar por las crónicas, en Madrid se repitieron. Toda esta información apunta la bondad y éxito del espectáculo, que, tras ver su representación, hay que ratificar.

Edipo Rey es una de las grandes tragedias griegas a las que se acude una y otra vez, y que en el mundo del psicoanálisis ha generado el Complejo de Edipo o complejo edípico, que muestra los deseos amorosos y hostiles hacia los progenitores. Sigmund Freud lo definirá como el inconsciente deseo de mantener una relación sexual, incestuosa, con el progenitor del sexo opuesto y eliminar al padre del mismo sexo, el parricidio. Pier Paolo Pasolini, en su versión cinematográfica, parte de ese conflicto psicoanálitico para ir hacia la tragedia griega. Baste esto, para indicar la riqueza de este texto que es capaz de evocar y desarrollar muchas líneas de contenido profundamente humano: el irremediable y, a veces cruel, destino de los dioses sobre el hombre, que popularmente en España ha generado la frase “es el sino de la persona“; la ambición del hombre en la figura de Layo que prefiere la muerte del hijo Edipo con tal de conservar su poder; la intolerancia del propio Edipo que no duda en dar muerte a unos viajeros que le menosprecian; el inconsciente deseo del incesto, aquí paliado por la ignorancia; la pertinaz ceguera de Edipo y Yocasta por enfrentarse a la realidad y la consecuente desesperación ante esa verdad que provoca la muerte de Yocasta, y la ceguera sangrienta de Edipo, que le conducirá a deambular errante por los caminos.

Si Edipo ha perdurado siglos y siglos se debe, fundamentalmente, a que se adentra en lo más íntimo del ser humano y a plantear sus eternos interrogantes. Uno de ellos, al que no se le ha encontrado respuesta, es el concepto del destino, o, en términos religiosos, Divina Providencia: los acontecimientos ocurren en la vida sin una causa explícita, y si que el hombre vaya en su búsqueda. El pueblo ha traducido tal incógnita en la frase “el hombre propone y Dios dispone“. Tal situación engendra en el hombre las más dispares reacciones: conformismo, rechazo, odio hacia los dioses, ceguera de no querer verlo, y llevado al máximo plantea el eterno de dilema de hasta qué punto el ser humano es responsable de sus actos. En la obra, Yocasta, madre y mujer de Edipo, es quien insiste en no hacer caso de los oráculos y sus predicciones. Teme enfrentarse a la verdad.

Esta dimensión humana es la que se desprende del montaje de Denis Rafter. Arranca la hojarasca grandielocuente, a la que nos tiene acostumbrados algunos montajes de los trágicos griegos, y, mágicamente, consigue que la trama y el estilo literario del lenguaje, muy bien versionado por Miguel Murillo, se nos entregue con naturalidad sin perder la unción, de modo que se sigue muy bien la narración y queda fuera de lugar todo tono declamatorio en los actores, al cual se presta la tragedia griega. Edipo no es un Rey, sin más. Es, sobre todo, un hombre, el cual nos resulta muy cercano e incluso llegamos a introyectarnos en él a través de sus virtudes y defectos.

A tal cercanía ayuda la recitación por parte de los actores, lo cuales mantienen ese todo natural y una unidad interpretativa, que es de agradecer. Interpretación que, en todos, alcanza un alto nivel. Lógicamente, los papeles protagonistas tienen mayor posibilidad de lucimiento, y cada uno de ellos muestra su valía. Llama considerablemente la atención Memé Tabares comoYocasta, que nos entrega un personaje lleno de matices como esposa y madre, hasta desembocar en su final trágico. Combina la naturalidad primera con el tragicismo del final. Gabriel Moreno nos entrega un Creonte sosegado y humano – con su comprensión y su sorpresa teñida de discreta cólera – muy creíble, así como cercano al resto de los personajes y a los propios espectadores. Javier Magariño se encarna en un Tiresias, al que se le ha despojado de cierta magia, haciéndolo más humano.  José Vicente Moirón crea un Edipo que transita por una innumerable cadena de emociones y sentimientos, los cuales matiza magistralmente consiguiendo que veamos al hombre Edipo, más que al distante Rey. Está en la línea de la naturalidad, no naturalismo, que he apuntado desde el principio. Consigue que su tragedia final nos llegue sin melodramatismos.

Algo que llama poderosamente la atención, en todos, es la matización de volumen en la emisión de la voz. A pesar de tal atenuación, el texto llega claro al oído. Imagino que al ir con microfonía personal en Mérida les ha permitido ese tratamiento. En el Teatro Bellas Artes no existía tal microfonía, y la voz nos llegaba en su diversos matices de modo diáfano.

Si se quisiera resumir la labor interpretativa, diría que todo el grupo no se oye a sí mismo ni se recrea en ello. Es una virtud. Digo esto porque, aunque éste es un estilo o vicio de otros tiempos, cuando nos acercamos a las tragedias griegas u obras con un lenguaje literario elevado, la gran tentación es que el actor, de vocalización intachable, desgrane las palabras con cierta prosopopeya que nos distancia de la acción y del personaje. Aquí la retórica y el oírse personalmente están ausente, con lo cual nos hace más creíble la historia.

Uno de los desafíos de la tragedia es el tratamiento del Coro Griego. Pocas veces funciona, por la artificialidad que supone, una vez que desconocemos la salmodia original. Aquí se ha encontrado una buena solución al alternar la recitación ya sincopada de los actores, ya unitaria, con la parte musical del grupo Acetre: Ana Jiménez, Ana Márques y Laura Ferrera.  La partitura musical de José-Tomás Sousa es inspirada y con un gran poder de evocación de sonidos ancestrales griegos, la cual se ve potenciada por la calidad de las tres voces. La parte musical nos crea el ambiente coreútico y hace que la parte hablada nos llegue sin artificios, a lo cual ayuda las máscaras trágicas en los componentes del coro.

Rafael Garrigós ha diseñado un sugestivo vestuario volumétrico, en el que resalta los pliegues de las ropas, como si hubieran sido cincelados por el escultor. Todos ellos en tonos oscuros, permiten que se destaque el vestuario blanco de Edipo, cercano a un vestuario de los príncipes de Las mil y una noches, formado por un tejido más vaporoso y lleno de elegancia. A lo largo de la representación el vestuario, en el subir y bajar de los “podium” o el componer ciertas figuras, evocan toda una imaginería griega, así como dan al espectáculo un tono mistérico y ritual.

La escenografía de Juan Sebastián Domínguez, de corte minimalista, cumple bien su función. Se trata de una serie de pilastras o fragmentos de zócalos de corte y decoración clásica que irán ocupando diversas posiciones y transformaciones, sin que ello haga decaer el ritmo del montaje. A este ritmo ayuda la continua sucesión de movimientos de todos los actores, creando diversas líneas de fuerza o bien cercando, en el caso del coro griego, al protagonista.

Este Edipo Rey es un montaje que nos transmite una historia comprensible, en el que el ritmo es crucial en todo momento. Hay un claro trazado de los personajes y posee la virtud de lograr que un lenguaje literario huya de la grandielocuencia para, sin perder su belleza literaria, nos resulte muy cercano.

José Ramón Díaz Sande

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