También la familia reduce personal

Contra la democracia. Palabra desgastada
18/09/2017
Contra la democracia en La 2 Noticias
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21/09/2017
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También la familia reduce personal

Ha hecho falta que se estrenen una veintena de producciones diferentes en trece idiomas para que Contra la democracia, sátira granguiñolesca de Esteve Soler, se monte en España en castellano. ¿Tan incómodos resultan el tema que aborda y su enfoque? Su irónico título viene a sugerir que la palabra democracia ha sufrido un desplazamiento semántico; que, como decía en EL PAÍS en agosto la economista de Oxfam Rosa Cañete Alonso (hablando de Iberoamérica), las élites económicas saben como gerenciar la política, y que como resultado de ello, ocho magnates acaparan un capital idéntico al que permite sobrevivir a 3600 millones de personas, mitad pobre de la Humanidad.

Soler nos lo dice al revés, para que le entendamos: pone a personajes movidos exclusivamente por el rédito, el deseo sexual y el poder, y a sus víctimas, frente a un espejo deformante, como Ionesco en El juego de la peste. En el bagaje crítico que han ido acumulando esta obra y las otras dos que integran su Trilogía indignada (bautizada así informalmente), se relaciona el teatro del autor de L’Hospitalet de Llobregat con el de Mark Ravenhill (por su raíz política), el insólito de Joan Brossa, el del incisivo Boadella de otrora y con el cine inquietante de David Lynch.

En Madrid, Soler fue dado a conocer por el Teatrul Odeon de Bucarest, en lengua rumana, la temporada pasada, en un montaje de Contra democratieidesasosegador, formidablemente interpretado, lo cual llevó al público español a hacer mil conjeturas sobre porqué aquí se le ignora: esta obra y sus hermanas Contra el progreso y Contra el amor suman a estas horas al centenar de puestas en escena en Europa y América, entre las que sobresale la de Nenni Delmestre de Protiv (Kontra) Progresa en Split, al frente del Teatro Nacional de Croacia.

Expresionista, rica en sarcasmos, paradojas, situaciones extremas y afirmaciones lapidarias, protagonizada por criaturas en cuyo genoma se entrecruzan Gregorio Samsa, Josef K y los habitantes de El jardín de las delicias, la pieza de Soler se desarrolla en una atmósfera opresiva que evoca la de La guerra de las salamandras, fina sátira de Karel Čapek sobre el nazismo. La puesta en escena que el Teatro del Noctámbulo representa en el Teatro Galileo, chocante de entrada, enseguida interesa, atrapa y se lleva el agua del espectador a su molino.

La compañía extremeña, caracterizada por su olfato para el teatro actual (estrenó en España El hombre almohada) y por producir espectáculos óptimos con medios pequeños, en esta ocasión conmueve y provoca reacciones de todo género: “¡Madre mía!”, exclamó un espectador en la fila de atrás, al colofón de la escena de Urano devorado por su hijo. “Me ha parecido demasiado”, le observó su vecino de butaca, al concluir el cuadro de la familia que decide emprender una reducción de personal.

Antonio C. Guijosa dirige un espectáculo contundente, de buena factura, interpretado con eficacia y momentos de brillo por José Vicente Moirón, Gabriel Moreno, la jovencísima y resolutiva Marina Recio y una Memé Tabares formidable, especialmente en su emotivo monólogo en árabe, memorizado sin conocer la lengua, reto suicida del que sale gloriosa. La música, escogida admirablemente.

Javier Vallejo

Leer en El País Cultura

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